¡Cómete esa rana!

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¿Alguna vez te has sentado a estudiar y de repente te has descubierto de pie ordenando alfabéticamente los libros de la estantería, colocando platos en el lavavajillas o leyendo el artículo dedicado al pleistoceno de la Wikipedia? Quizá de repente hayas recordado que el perro no ha comido, que tienes mil emails sin responder, que incomprensiblemente te apetece limpiar el baño o que deberías comprar algo para la cena, aunque sean las 11 de la mañana.

Sí. Estoy segura de que te ha pasado. Descubres que lo más insospechado se vuelve irresistiblemente tentador. Lo siguiente que descubres es que ha acabado el día y no has empezado a repasar visión binocular para el examen final.

¿Recuerdas el primer día que te propusiste empezar a estudiar “en serio” los exámenes del primer cuatrimestre? Quizá se parezca a esto: tras el momento irresistible de colocar libros y limpiar el baño, te dedicaste 2 horas a organizar el temario, reunir apuntes, numerar los temas o las páginas que tienes que estudiar… y prepar un cuadro muy mono con tu plan de estudio diario. “Mañana me estudio las condiciones de párpados”, “el viernes tengo que haber repasado los tres primeros temas de lentes de contacto”, “esta vez voy a trabajar a fondo los ejercicios auto-evaluativos y los entregaré con tiempo de sobra”. Bien, ha llegado el viernes y arrastramos déficit desde el martes.

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La procrastinación es una fuerza misteriosa que a muchas personas les lleva a postergar las tareas prioritarias. Algunas se retrasan hasta un plazo fijado externamente, momento en que toca trabajar bajo presión. Otras se retrasan indefinidamente. En el primer caso, el trabajo apresurado lleva a situaciones de estrés, peores presentaciones, poca profundización en los temas estudiados y un rendimiento académico muy justito. Cuando las tareas se retrasan indefinidamente, podemos pensar que simplemente pasaron al olvido sin dejar rastro, pero no es así.

En nuestra cuenta de trabajos completados vamos sumando incumplimientos y la consecuencia real es que reforzamos sentimientos negativos hacia nuestra capacidad de trabajo, autocontrol, responsabilidad, etc. Nos sentimos culpables y eso no contribuye a que la próxima vez afrontemos la tarea con buena predisposición. Al sentarnos por primera vez ante una nueva tarea, pondremos más atención a sus aspectos incómodos, sobrevaloraremos su dificultad, aparecerán pensamientos tipo “no sé cómo hacer esto” y volveremos a encontrarnos ordenando los libros de la estantería porque “tengo que darle una vuelta antes de ponerme con ello… hoy estoy cansada y “no me da”… mañana estaré más despierta”.

El cerebro del procrastinador tiene un sentido del tiempo distorsionado y tiende a desconectar de su yo futuro y de las consecuencias que a corto, medio o largo plazo puede tener el no atender con premura a las prioridades. El ciclo de la procrastinación comienza con una falsa seguridad sobre el tiempo disponible para la tarea, luego empiezas a pensar que deberías comenzar a trabajar pero aparece la pereza, ésta se combina o sustituye por excusas tipo “es que ahora estoy ocupado”, o “tengo algo que es (falsamente) más urgente”, por último llegan la crisis y las prisas… y volvemos a empezar. El problema es cuando esto se convierte en una característica personal en la forma de afrontar los quehaceres de todo tipo.

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¿Qué hacer?

Lo primero: perdonar tus momentos de procrastinación. En serio, no pasa nada. Lo has identificado y te puedes librar de ello. Necesitas restar sentimientos negativos y de culpabilidad para iniciar el cambio.

Lo segundo: establece prioridades. Simpatiza con las listas de tareas, ordénalas por relevancia y hazte un horario con detalles de tiempos, en el que des cabida y prioridad a todo lo relevante.

Lo tercero: reconoce que no hace falta tener un humor “X” para hacer las cosas. Simplemente no te cuestiones. Prohibido preguntarse si te apetece estudiar. Apagas distracciones, te sientas a estudiar y punto. De repente, no estás de pie colocando libros sino que estás sentado estudiando y no es tan difícil ni tan malo. Además, ¡es Optometría y te gusta! Todo fluye. Has cambiado el artículo del pleistoceno de la Wikipedia, por tus apuntes y artículos relevantes de pubMed. Estás en la brecha.

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“Si tu trabajo es comerte una rana, es mejor hacerlo lo primero en la mañana. Si tu trabajo es comerte dos ranas, es mejor comerse la mayor primero. Cómete una rana viva lo primero de la mañana, y nada malo te pasará el resto del día.” (Mark Twain)

Lo cuarto: descompón tus tareas en partes más pequeñas. Cosas digeribles. Pequeñas metas. ¿Por qué? Porque cada pequeña tarea completada inyectará en tu mente sensaciones positivas. Y solo en tres pasos habremos cambiado de un estado negativo que se retroalimenta, a uno positivo que se retroalimenta más aún. Lo que nos hace sentir bien se arraiga fuerte en nosotros y ayuda a que nos apetezca repetir acciones que dan el mismo resultado de satisfacción.

Lo quinto: disfruta de la cena, duerme bien, relájate con tus amigos, pareja o familia. El trabajo realizado libera. Haber llenado la cabeza de información útil para tus estudios y trabajo refuerza tu estima y te motiva. No tener una mochila de cosas pendientes de hacer, te permite disfrutar de todo lo demás.

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Eh, llamada especial a mis queridos alumnos del Máster semipresencial a los que no tengo cerca a diario para meterles caña… un poquito cada día cunde mucho más que un atracón final. Vuestras ranas actuales se llaman AEV-9. Lanzamos una campaña antiprocrastinación. Orden semanal, pequeños objetivos, consulta frecuente de dudas, píldoras de estudio diario de lunes a viernes… y el finde a disfrutar. ¿Aceptáis el reto? 😉

A los del presencial, no os digo nada. La semana próxima vamos a los exámenes finales. Organizad bien vuestro tiempo y sacad un rato del finde para oxigenaros, relajar nervios… y dejar de dar vueltas a las correspondencias anómalas…

¡Buen día a todos!

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